It’s oh so quiet!

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Justo por estos días se cumplen dos años de una de las experiencias más intensas que tuve en esta existencia: vivir durante diez días como un monje meditando y sin hablar en el campo, a una hora de la Ciudad de Buenos Aires.
Durante esa semana y pico que por momentos me parecía interminable me desperté cada madrugada a las 4 con el sonido de un gong y medité durante once horas cada jornada intentando, en vano la mayoría de veces, no moverme. Observé el noble silencio 230 horas; conocí a gente sin hablar y me conocí más a mí misma. Viví de la caridad ajena, comiendo alimentos vegetarianos que cocinaron con amor personas que eligieron dar servicio y no toqué un billete, ni escribí, ni leí, ni entré a Internet, ni miré series, ni escuché música, ni tomé una cerveza, ni me peiné demasiado, ni dormí en mi propia cama. Llegué al predio, entregué mi celular, mi lapicera, mi cuaderno y otras cosas, una mujer me mostró cuál sería mi cama en un galpón dividido para que no me cruzara con hombres y me callé la boca, sabiendo que se venían diez días bravos y que el tiempo es tan relativo que por momentos sería una eternidad.

Durante el retiro observé a la naturaleza con sus picos de calor irritante, fui testigo de tormentas de temer, vi Lunas rojas y llenas, niebla y rocío, y sentí el frío antes del amanecer. Y también sufrí y fui feliz, de una manera completamente intensa y cambiante que la naturaleza reflejó en sus asombrosos vaivenes. El lugar donde estuve se llama Dhamma Sukhada y es uno de los centros que ofrecen los cursos de meditación Vipassana, tal como los enseñaba hasta 2013, cuando falleció, S. N. Goenka o, para la mayoría de la gente, tal como la practica Julia Robert en la película Comer, rezar, amar. Se trata de una de las técnicas de meditación más antiguas de la India (basada en la sabiduría del Buda, abierta a toda religión) y su nombre significa “ver las cosas tal como son en realidad”; básicamente, es un proceso de purificación mental mediante la auto-observación o, como dicen las grabaciones de Goenka que oímos durante el curso, “una operación de la mente”.

Coincidencias del destino, el día que decidí inscribirme en el curso fue el mismo -me enteré al otro día- que falleció el gurú Goenka, nacido en Birmania. Fue un exitoso empresario hindú con problemas de salud que, después de probar numerosas técnicas para calmar su adicción a la morfina, se animó a intentar con Vipassana y no sólo se curó, sino que años más tarde se convirtió en uno de sus promotores más importantes y fundó una red internacional de enseñanza gratuita (vivir esos diez días de la caridad ajena ya lo pone a uno en un particular estado de humildad y gratitud). Yo me anoté a fines de septiembre, entonces, y hasta el 15 de enero -cuando dejé atrás por voluntad propia los placeres de la vida terrenal y entré al curso- mi ansiedad creció de a poquito. Sin embargo, lo que me pareció más notable fue lo ansiosa que se puso la gente a mi alrededor al enterarse de que me iba a embarcar en ese exótico viaje. Me preguntaban cómo iba a hacer para soportar diez días sin hablar con nadie o, lo que parecía peor, para estar sola conmigo. Yo estaba muy segura de ir y atravesarlo, pero de todos modos lo que más me preguntaba era qué monstruos internos harían su entrada triunfal en mi cabeza en ese contexto de soledad salvaje.

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Pasada esa semana y media tan agotadora como gratificante, puedo decir que mi pregunta pasó a ser al revés: ¿cómo a la mayoría de nosotros nos da pánico siquiera el hecho de pensar en estar diez días con nosotros mismos? Debiera ser y -me di cuenta, es- algo básico y calmo, alegre y conmovedor; intenso, muy intenso. Vipassana es una técnica para agudizar la mente y erradicar el sufrimiento; según sus practicantes antiguos, “permite alcanzar las metas espirituales más elevadas: la liberación total y el pleno despertar”. Es una herramienta útil para afrontar conflictos de forma tranquila y equilibrada; en conclusión, experimentar la impermanencia y por ende ser feliz muchas más horas; no apegarse ni sentir aversión por nada.

Diez días no supe nada de mi familia y mis amigos, ni de lo que pasaba afuera de la burbuja en la que entré. Me pregunté muchas cosas: ¿me avisarán si le pasa algo a mis viejos?, ¿y si hubo una catástrofe natural y no me enteré?, ¿y si me vengo a vivir a un lugar así de tranquilo?, ¿y si dejo todo?, ¿por qué vine, soy masoquista?, ¿quién me estará extrañando?, ¿cuándo va a terminar la hora de meditación y me voy a poder mover de una puta vez?, ¿y si me tatúo la rueda que representa esta meditación? ¿dónde me quedará mejor, en la pierna o la espalda?


Al tener la posibilidad de hablar de nuevo para adaptarnos de a poco y volver a nuestra realidad vi que a todos nos habían pasado cosas similares: trascendentales y de lo más mundanas. Lloramos, nos enojamos, nos reímos solos, nos sentimos orgullosos, tristes, eufóricos, miramos cara a cara a nuestro ego y le dimos batalla. Incluso muchos habíamos tenido visiones, sentimos que deliramos, tuvimos picos de felicidad extrema y claro, sufrimos. Diez días en silencio es tiempo suficiente para que lo más escondido en tu inconsciente aflore. Muchos lo logramos, miles de personas lo logran cada año alrededor del mundo. Varios se fueron y se siguen yendo antes de la décima jornada sin aguantar.

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Cuando mi cuñado se enteró que iba a ir me preguntó “¿de qué se trata eso?” y se anotó (mi papá muy contento con el anzuelo porque estaba preocupado de que fuera una secta y no volviera jamás). Mi cuñado nunca había meditado, pero le resonó y fue lo suficientemente curioso. Con esto quiero decir que esta técnica no es para gente que la tiene clara con meditación como era mi caso -risas-, sino para todo aquel que quiera experimentar el autoconocimiento en su máxima expresión o darse una oportunidad a sí mismo. Hay quienes para meterse al mar se zambullen de golpe y quienes se mojan de a poquito. Para mí fue liberador, de una forma directamente proporcional a lo difícil que resultó para mi cuerpo físico sentarse en la misma posición once horas por día, pero valió la pena. Aunque suene extraño, uno se siente muy acompañado por sus compañeros incluso sin poder decirse nada (¡y comí exquisito!).

De repente te ves desde afuera y ahí estás, sentado en posición de loto con dolor de espaldas sin que ningún almohadón sea suficiente, experimentando a flor de piel, viendo al extremo cómo la mente hace y deshace, pasando de la frustración al empoderamiento con un goce divino en segundos. Nada en más de treinta años me había permitido sentir una paz tan grande. Al finalizar cada meditación, los estudiantes repetíamos “Sadhu” tres veces, algo así como “estoy de acuerdo”, o “bien dicho”. Es en respuesta a la voz de Goenka que dice tres “bhavatu sabba mangalam”, lo que significa “que todos los seres sean felices”.

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El retiro de meditación Vipassana es gratuito. Para realizarlo es necesario anotarse mediante un formulario con anticipación en alguna de las fechas disponibles en dhamma.org

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2 comentarios sobre “It’s oh so quiet!

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  1. Excelente nota, me encantó. confieso que es mi primera nota leída de la chamana pero me gustó lo suficiente como para leer el resto y tenerla en mi lista de marcadores favoritos 🙂 felicitaciones chamana

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