Los sueños sueños son… pero aquí se hacen realidad

Ayer me sorprendí al leer los diarios con una noticia extraordinaria: en Iberá fue visto un ocelote, felino que se creía extinto. Y esta mañana mi hermana me envió un mensaje con un video tomado del noticiero: en Arizona vieron a un jaguar al que llaman El Jefe, aunque se creía que estaba esta especie ya no existía en los Estados Unidos. A su imagen la capturó una cámara escondida, ya que el animal no se muestra (¡¿con razón?!) ante los humanos.

Siempre quise ver en vivo a un jaguar o en su versión guaraní: el yaguareté. Sentí fascinación por ellos desde chica y se amplió el amor cuando empecé a interiorizarme en las culturas originarias mexicanas que lo tienen como animal sagrado. Para los mayas, el jaguar es un dios relacionado al sol nocturno y al inframundo y representa lo que está en otro espacio. Quizás por eso me gusta tanto, funciono mejor de noche y vivo colgada en mi realidad paralela a la de la mayoría. En ese plan, cada vez que voy a un lugar donde me dicen que hay jaguares o yaguaretés (México, Corrientes, Misiones, Colombia) pregunto lo mismo a los guardaparques: “¿Cuántas veces viste uno?”. Casi nadie responde o me dicen una vez en diez años; parece que se esconden, pero después de décadas de idilio por fin tuve tres encuentros con él.

U10574440_10204344465624464_6555858226569506638_n.jpgno. De viaje en Brasil por trabajo nos llevaron a un grupo de periodistas a visitar un jardín botánico en donde había un árbol gigante -sabio e inabarcable- como atractivo principal. Para mi sorpresa, además, tenían un jaguar enjaulado caminando desesperado de una punta a la otra. No me gustó verlo en ese contexto pero de todas formas me emocionó el encuentro, no podía parar de mirarle los ojos. Esa noche cuando chequeé los mails tenía uno con una foto hermosa que le había sacado Ivana Salfity; gracias a la magia con que ella mira y usa la cámara, había hecho una imagen en movimiento en la que no se veían los barrotes: liberó al jaguar.

1010389_10204344399462810_8512234855697409104_nDos. En las afueras de Montevideo, Uruguay, participo de una ceremonia con plantas sagradas (wachuma y ayahuasca). En medio del trance un jaguar aparece de un salto por mi derecha y me pega una mordida arrancándome carne de la cara. Paralizada, veo cómo da una vuelta juguetona cual cachorrito y empieza a lamerme dulcemente. Atónita ante esa escena inesperada, como en efecto dominó empiezan a caerme fichas y comprendo algunas cosas como nunca antes en mi vida.

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Tres.
Participo de un retiro de iniciación con el querible chamán peruano Lobo Blanco Wayna Pacha con el fin de encontrar a mi nagual (animal de poder). Después de varios trances de tambor procesando cuestiones ancestrales, llorando y entregándome a trascender trabas, abro los ojos en la selva y noto que voy agazapada y que veo en la oscuridad. ¡¿Seré un jaguar?! Me lo pregunto emocionada pero me quedo sin respuesta, pero ¡al día siguiente logro descubrir que el jaguar es mi animal de poder! Mi yo de unos seis años se acuesta a su lado a dormir y se deja lamer con en paz total. Lindo inicio para una relación que durará para siempre.

Lo que se creía extinto reaparece y lo que se creyó uno que no vería jamás sorprende mágicamente. Así da gusto ponerse metas “inalcanzables” y es mucho más divertido que elegir lo que está al alcance.

 

 

 

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