¡Rompan todo! (o uno, dos… ¡ultraviolento!)

12227136_977995942273776_3056532723312714747_n.jpgAl mejor estilo Billy Bond y la Pesada del rock & roll, hace un par de años me di el gusto de romper todo. Sí, así como uno ve en las películas. Descubrí que en Palermo, Ciudad de Buenos Aires, había abierto un espacio llamado The Break Club y fui toda ilusionada a hacer una nota para la revista en la que trabajaba en ese entonces.
Llegué y mientras esperaba a Guido, el dueño del lugar, para hacerle unas preguntas, me puse a leer los Libros de visitas. Decenas de personas que habían pasado por allí agradecían y le dedicaban el estimulante hecho de haber roto todo a jefes, ex parejas, suegras e incluso a directores técnicos de equipos de fútbol. Declaraban haberse sentido liberados y salido felices por el hecho de destrozar.

Cuando mi momento se dio pasé a una habitación en la que me vestí con un mameluco y protección para los ojos y elegí como arma un palo de hockey. Me miré al espejo y no me reconocí, así como estaba curiosa pero no sentía en mí una violencia terrible aguardando por salir… jaja, qué equivocada estaba. Pues bien, elegí una canción de Ramones y entré en otra habitación en la que me esperaban unas quince botellas de vidrio sobre una mesita de metal. Detrás de ella, una montaña gigante de vidrios rotos daba cuenta de que mucha gente ya había pasado por allí.

Entré en calor pegándole a un saco de boxeo y tímidamente empecé con una de las botellas. Sentí placer y le di a otra. Entonces mi psiquismo y algo primitivo comenzó a despertarse; vi la cara de personas que consideraba esfinges en mi vida, recordé conflictos, frustraciones y todos esos enojos que me generaban ataques de hígado por no saber exteriorizar.

Más tarde, aprendí gracias a la enseñanza iniciática que todo en este mundo cumple tres pasos: creación, conservación, destrucción. La ropa que tenemos fue creada, está en conservación y se va a romper en algún momento y lo mismo sucede con nuestras casas, lo que comemos e incluso con nuestros propios cuerpos. Y también aprendí que si a la destrucción no la aplicamos nosotros a consciencia por miedo o por “ser buenos” el universo la impone en nuestras vidas para que reaccionemos y comencemos a movernos de nuevo. A partir de aprender eso me he sacado de encima enojos rompiendo globos, me he puesto contenta cuando se me rompieron cosas y le he pegado a almohadas dándole función a todo ello. Y no es que sea violenta, es que uno tiene que saber elegir cuándo sí y cuándo no y sin dudas es mejor liberar las tensiones que reprimirlas hasta que de repente salgan solas, no las podamos controlar y generen daños aún más grandes.

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Volviendo a ese momento hermoso hace dos años, admito que me entusiasmé, probé distintas formas de ir rompiendo las botellas (con la mano, contra la mesa, contra el piso, contra la pared) y me tenté porque por una módica suma de dinero podía acceder a destrozar un televisor, un monitor o una impresora, por ejemplo. Así, Guido me contó que había chicos que trabajaban en call centers y llevaban teléfonos para romper o incluso iban personas que le pegaban a sus blancos fotos con la cara de alguien. Recordemos: lo importante es ritualizar la experiencia y darle función, así que hacerlo desde la existencia puede ser bello y poderoso. Además, aunque suene fuerte ponerle la cara de tu ex a una tele y desfigurarla, evidentemente eso es mucho mejor que hacerlo en lo real: acá no estamos golpeando a nadie, estamos destruyendo y dándole fin a los conflictos que tenemos con alguien.

Cuando volví a la redacción caminando toda liviana como una seda, mis compañeros me aguardaban con curiosidad para preguntarme cómo me había sentido. ¡Excelente! Les dije a ellos y les digo a ustedes, queridos lectores, que no falla: rompan a consciencia y dándole función al hecho de vez en cuando, porque en este mundo reina la dualidad y no todo es paz; se aliviarán y evitarán muchos conflictos.

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